MASLEIDOS

viernes, 16 de agosto de 2013

Lo que dejamos caer



En los tiempos de mi abuelo obtener un bachillerato era un éxito. Las profesiones técnicas eran bien remuneradas, porque la época daba prioridad a la alimentación, no había inflación. Se podía vivir. Los autodidactas alcanzaban un nivel de conocimiento similar al tercer grado. Muchas personas entendían por logro académico, el sexto grado. Y era un gran orgullo ser maestro, ni pensar en ser médico. En los tiempos de mis padres ser un licenciado era todo un éxito, mejor un doctorado y ya más alcanzable la medicina. En los tiempos míos la maestría se ha convertido en un requisito casi estándar. Los niveles doctorales cada vez son más comunes, los maestros no representan el gran prestigio de antes y los médicos han empezado a bajar de categoría. Las especialidades reemplazaron en prestigio a la amplitud de conocimiento. Uno estudiaba antes para saber. Se trabajaba por vocación (maestros y médicos) y no sólo para ganar. Y los artistas creaban arte, no lo prostituían. Todo para tener el orgullo de ser un estudiante, profesional o artista. Cargar un título, desempeñarse con orgullo, honor y ética, crear una obra que no muriera con el tiempo. Había mística y se podía vivir. 


 Hoy todo se compra y vende. Se ha reducido al individuo, ya ni siquiera a cuánto dinero tiene, sino al calado de sus deudas. Ser un profesional en nuestros tiempos se menosprecia, como antes se menospreciaba a las sirvientas que llamábamos peyorativamente “empleadas”. El profesional de la empresa pública ha sido satanizado como rebuscón y botella. El profesional de la empresa privada es un empleado cualquiera, despectivamente “asalariado” (sinónimo de vago dependiente) No se valora lo que hace, ni el que paga para que lo hagan, ni quien lo hace. El apremio del dinero, la necesidad de comer, los lujos ficticios que la publicidad y el mercadeo disfrazan de necesidades, nos ahogan en un nudo existencial que no da ganas de hacer nada para que dure, nada importante, nada que rete al tiempo, nada especial. La vocación fue reemplazada por un tajo de dinero en la mano, como el pedazo de carne en la boca de un perro. No porque uno quiera, no porque el ser humano se haya depreciado, sino porque socialmente hemos permitido que nos secuestren los valores por tres reales, porque hemos permitido que nos suban abruptamente el costo de vida. 




 ¿Qué pasa en Panamá? Han encarecido todo, tapándolo con las benditas obras. Obras que van a embellecer a un país que dicho sea de paso, también están vendiendo en pedazos. La calidad de vida del panameño se ha degradado terriblemente, no sólo por los tranques, ni por las construcciones, sino también por el costo de la canasta básica y todo lo demás. Subieron el salario mínimo, pero redujeron considerablemente nuestro poder adquisitivo. Para colmos, nos saturan de mano de obra extranjera. ¿Qué no vemos lo que está pasando? Que no vemos como nuestras altas autoridades reconocen públicamente que eran estudiantes mediocres, como si fuera una gracia, y la educación pública conspira con la mediocridad por un par de computadoras regaladas y tres pinches reales que descaradamente llaman “beca”. ¿Cuándo vamos a dejar de ser tan buenos, o tan alelados? Que no vemos que los futuros hijos de Panamá van a nacer ya no con un pan debajo del brazo, sino con varios miles de dólares de deuda sobre la nuca. Como si tuvieran precio desde que nacen, todos y cada uno de ellos. 

 Tener educación y cultura en este país va haciendo sinónimo de estupidez u homosexualismo. Como si ser bruto, impulsivo, explosivo, boqui suelto, descocado, grosero y vulgar fuera un logro o tremenda gracia. Porque la vulgaridad ha reemplazado a la cultura, la corrupción a la vocación, el dinero al amor propio, la ignorancia al conocimiento y el silencio a nuestros derechos. Nos perfilan para que todos seamos empresarios, como si serlo fuera tan fácil. Porque muchos de los actuales “pudientes empresarios” capitalistas salvajes, recibieron un imperio ya realizado, y algunos quién sabe de dónde. El sueño panameño no es llegar y montar un negocio desde cero, con pírrica ayuda gubernamental, para que luego una enorme cadena, o te robe la idea o te borre utilizando las propias leyes del país. El sueño panameño no es llegar limpios y hacernos millonarios… sudando la gota gorda, a punta de sacrificio. No. Hay que presupuestar las coimas, extorsiones, sobornos etc. Tienes que trabajar una vida completa, para que un político finalmente se enamore de tu éxito y haga que tu negocio termine valiendo nada. 

 No, no, gracias, déjenme con mi orgullo y dignidad de asalariado profesional. De artista verdadero, tal vez si tuviera tal suerte. Antes que hacerme rico metiéndole la mano en el bolsillo a la gente pobre, para entonces llamarme “inversionista”. Porque en algún momento, el hambre en que nos están sumiendo hará despertar a este pueblo, y entonces voltearemos la vista al pasado, tratando de recoger lo que dejamos caer.

El circo no resuelve problemas




Sucede que el arte de la guerra y el sometimiento, sigue siendo el mismo aunque el ser humano sea tan desmemoriado.  La política panameña siempre se ha manejado con los mismos cuatro hilos de marioneta: Pan y Circo, Divide y vencerás.  El imperio romano utilizaba el entretenimiento espectacular y la comida gratis para mantener al pueblo alienado de los problemas sociales.  ¿Pero cuál era el atractivo principal de la sedación popular?...sacrificar a alguien, ya fuera en combates entre gladiadores o luchas de fieras. ¿Y qué vemos en la actualidad de nuestro patio político?, el último circo que se ha formado alrededor de la defensora del pueblo.  Circo con olor a sacrificio, partiendo del hecho que “su eventualidad”, ni aún llevándola al peor de los casos, pudiera considerarse el mayor pecado del cambio.  Por otra parte, todos estos subsidios que el gobierno ha tenido a mal ofrecerles a los panameños, pudieran considerarse “el pan gratis del circo”.  E inclusive si nos vamos más allá, por qué no hablar de las famosas carreras romanas, que eran también parte del entretenimiento masivo.  Siendo un poco justos, veríamos las famosas encuestas de la actualidad política panameña, como la forma moderna de dichas carreras.  ¿Ahora bien, qué hay detrás del circo? un imperio en decadencia.  ¿O peor aún,  qué nos queda delante del circo? precisamente la caída de dicho imperio.  Hay quienes culpan al cristianismo de la caída del imperio romano, yo sólo culpo a la ceguera colectiva (de gobernantes y gobernados) que terminaron creyéndole al circo.   La prosperidad panameña puede caer ante tanto espectáculo, porque el circo no resuelve problemas, apenas los disfraza.


Divide y vencerás, o dicho en buen panameño: Siembra cizaña.  Frase que algunos atribuyen a Julio César, dictador romano. Justa contracara a la máxima existencial de   “La unión hace la fuerza”.  Técnica preferida por quien da como muy probable,  perder la contienda.  Comparando en su naturaleza estas dos frases, se observa con facilidad que la primera edifica y llama a la unión, mientras que la segunda destruye  e invoca desunión. Una proyecta el triunfo, la otra intuye la derrota. Una suma gente, la otra resta. ¿Qué queremos los panameños?  Claro que entre tanto circo, es difícil ver el problema a desnuda proporción.  Objetivamente, el éxito de la democracia panameña siempre se ha gestado en los votantes independientes.  Habiendo dos fuerzas opositoras perfectamente definidas, los independientes coronaban la decisión electoral panameña. Con Cambio Democrático, muy por el contrario a toda promesa, la política partidista se fortaleció (en detrimento a la voluntad libre e independiente) Ahora peor, con tantos independientes buscando protagonismo (algunos de los cuales favorecerán a los partidos políticos inconsciente o conscientemente) el voto no partidario terminará por disolverse en la manipulada efervescencia electoral.  Las próximas elecciones se definirán entre las membrecías de los partidos políticos. Y  ya todos sabemos lo que sale de los partidos políticos…
Tampoco creo que al aumentar la oferta (de candidatos) mejore la calidad del producto final.  Sobre todo entendiendo la lógica de “azar” con la que muchos panameños deciden no sólo su realidad cotidiana, sino la suerte nacional.  Con eso de que el panameño “sólo apuesta a ganador”, ganará la propuesta más publicitada.  E igual a las carreras romanas: A más distracción más miseria.  Pero aunque la historia mienta a veces, el tiempo jamás lo hace.  Y ya todos sabemos, aún después de tanto circo, cómo terminó el imperio.  

Desde adentro del rebaño




Me causa algo de gracia pero más espanto, quizás un poco de humor negro, ver cómo las actuales “fuerzas” políticas se estrellan contra la forma “política” del actual gobierno.  Todo esto, sin siquiera percibir (ni siquiera superficialmente)  la gravedad del daño en que nos sumieron. Entender la filosofía de este gobierno desde los parámetros normales políticos, es como tratar  explicar una pera con la misma forma en que veríamos teléfono.  Son dos cosas totalmente diferentes, de allí el eslogan de que “no son políticos comunes”, porque, lo más probable es que ni siquiera sean políticos.  La visión comercial supedita a la política, en consecuencia, son más comerciantes que políticos.  Hay que verlos como comerciantes, no como políticos, eso es una real pérdida de tiempo.  Es muy distinto ser un político y hacer “negocios”, que ser un negociante y hacer política.  El primer caso nos dará un mal político jugando a ser buen empresario.  El segundo nos dará un buen empresario, siendo un pésimo político.  El abuso de la prostituida palabra “institucionalidad”, es otro ejemplo patético de igualar una pera a un teléfono. Ellos no saben qué es eso, ni les interesa.  Hablémosle mejor en términos de dólares, compra y venta.


El problema de esta óptica es que el empresario (peor si es de la vieja escuela, de los modelos de toma de decisión centralizada) tiene una visión excesivamente personalizad de las cosas.  ¿Y por qué no, si es su negocio?  El problema aquí es que, el país no es de nadie, aunque nos pertenezca a todos los panameños.  Esa visión de “país para todos” no encaja en el esquema mental de un empresario que sigue el modelo de decisión centralizada.  Peor aún si intentas explicarle  la postura de “servir” a otros (como servidor público) al pueblo.  El empresario en su negocio, como dueño puede (debe) servirle a sus clientes, pero, no por eso deja de ser dueño.  Existe una confusión en la praxis de mando actual, que, siguiendo la óptica antes expuesta, no nos plantea como ciudadanos, sino como clientes y al gobierno no como servidores públicos sino como dueños.  Tal fue el riesgo que no evaluó el pueblo a la hora de “privatizar” veladamente su gobierno en las elecciones pasadas.  En consecuencia, más allá de toda la intencionalidad oscura que pueda o no existir detrás de estos “híbridos” del cambio, existe una mayor incapacidad neonata para el manejo de la cosa pública.


Los sistemas de gobierno anteriores, bordearon tantas veces el filo de lo políticamente incorrecto, que ya no importa la política para manejar a todos los ciudadanos de este país.  Mutaron de políticos a politiqueros, y ahora tenemos esto…un esquema de compra y venta institucionalizado, regándose por todo el país, como una porción de antimateria en crecimiento. ¿Qué pasará después? Es tan difícil de saberlo, siquiera de pronosticarlo, como tratar de estimar los resultados de un sistema degradado, con filtros de captura de dato invertidos (en lugar de garantizar la entrada de datos correctos, valida a favor de los incorrectos) cuyas variables de control han fallado y que está a punto de generar una condición de sobre saturación.  Lo que teníamos antes era muy parecido, pero apenas diferenciado con una delgada línea de humanidad que parece haber desaparecido en este gobierno, aún ofreciendo cien a los setenta, beca universal, mochilas y computadoras.


Ahora bien, si la vertiente fuera tan sólo capitalista, la confusión de ver al ciudadano como cliente, terminaría allí.  El problema empeora cuando hablamos del enfoque capitalista-salvaje.  Para el capitalista, el cliente es una persona de cuya necesidad puedo lucrar supliéndola.  Para el capitalista salvaje, la necesidad del cliente sólo es el anzuelo para la explotación (lucro) absoluta de su cliente.  Es decir,  el capitalista salvaje ve a sus clientes como productos, ya no como personas con necesidades.  Perder de vista las necesidades de una persona, es enterrar en el sub-conocimiento la calidad humana del ciudadano.  Léase, el humano se convierte en mero objeto de lucro.  En consecuencia, ¿Qué sería de nosotros con un gobierno capitalista-salvaje?  Como la piel de la oveja sobre el lobo infiltrado, el capitalista salvaje podría echarse encima el disfraz de un sistema político degradado por la corrupción, y…. comerse a las ovejas desde adentro del rebaño. 

¿A quién culpamos?




Lugar, estación de expendio de gasolina área de comida rápida. Hora, ocho de la mañana.  Protagonistas, la dependiente, un oficial de policía de sexo femenino y yo.  Preparo un perro caliente (hot dog) busco un jugo, una galleta y me dispongo a pagar.  De pronto me detengo a escuchar la música de ambiente, mientras la cajera marca los productos.  Canción del género regae o derivados, ritmo bastante  común y primitivo (golpe de tambor repetitivo)  cantante de poco ánimo y entonación de maleante.  Letra: “A fulana le gusta el juego, a mengana le gusta el juego, a sutana le gusta el juego…”  La forma tan pesada en que vocalizaba las palabras daba la impresión de estar rezando una letanía obscena: “A fulana le gusta el huevo, a mengana le gusta el huevo, a sutana le gusta el huevo…”  Recuerdo entonces que en mi época se hizo “divertido”, también dentro del género regae, cambiar unas palabras por otras vulgares.  Llegando incluso en un éxito de discoteca (también del género regae) que promovía el  sexo oral fálico.  Luego, la música típica también copió el estilo.  Ahora, más de veinte años después, a nuestra juventud todavía le sigue pareciendo “graciosa” la vulgaridad.

Le pregunto a la cajera si está escuchando la canción, y me confiesa sonreída que “ella no escucha esa música”.  Hablo fuerte y digo: “Bueno, si nuestra juventud sigue oyendo esa clase de cosas, por qué quejarnos de que el país ande como ande”.  La policía no dijo nada, jamás se dio por enterada y continuó leyendo su periódico.  Entonces pienso, ya la vulgaridad no sorprende a nadie.  A los muchachos (igual que en mi época) les causará gracia, porque tal vez estén en el proceso de descubrir “lo bueno, lo malo y lo feo”.  Pero la indiferencia de los adultos, aun habiendo un llamado de atención en el área…me heló la sangre.  No estoy por la labor de criticar a los muchachos, sino a los adultos.  A diferencia de mis tiempos, en los que se estigmatizaba ese tipo de  música como “de maleantes” y tampoco era común escucharla en lugares públicos, hoy la oigo a horas tempranas de la mañana, en un lugar público y peor aún, bajo el nulo asombro de varios de los presentes.  Si los medios, ni los dj’s, ni la televisión, ni el cable tiene la culpa de la difusión de ese tipo de formas musicales, entonces quién.  ¿Los maestros en las escuelas? ¿Los padres en la casa?     Perfecto, bien, pero en la calle quién regula el entorno. ¿Acaso hay alguna autoridad que pueda hacerlo, o el nuevo código de la familia también castra a la censura?

Entonces pregunto, si nadie hace nada por frenar el alcance de estas cuestiones, o mucho peor aún, ya ni nos asombra, entonces por qué hacer morbo y lucrar cuando aparecen videos de estudiantes haciendo (o simulando)  cochinadas en la televisión.  La falta de disciplina es a su vez una forma de indiferencia, y los muchachos, muchos de ellos inclusive con sus malas actitudes buscan llamar la atención de alguna forma, tratando de abrirse un espacio en el mundo adulto.  Pero si reaccionamos indiferentes, indolentes, o peor aún, apadrinamos las conductas aberrantes con el mejor ánimo de “autocensura”, para encubrir finalmente el lucro desmesurado, entonces felicitémoslos por habernos imitado tan bien.  Con el libertinaje criamos hijos ajenos a nosotros mismos, y adultos desalmados.  Si esto sigue así, pronto vamos a vivir en una sociedad en la que toda vida humana valdrá menos que el propio intento de procreación.  Un mundo en el que la hipocresía sólo nos da “autoestima suficiente” para generar ventas a través del morbo de nuestra sociedad decadente.  Siempre es divertido buscar a un culpable, pero jamás podremos actuar en sociedad si no empezamos a reconocer la falla en cada uno de nosotros.  El país requiere una cura social, sin embargo sólo criamos más  enfermedad.

La realidad, algo muy distinto




¿Alguna vez ha tratado de ver una película cuadro a cuadro, con mucho tiempo entre cuadro y cuadro?  Pienso que eso ocurre con las encuestas, entre encuesta y encuesta (cuadro y cuadro) se pierde mucha información concluyente o predictiva, por más que se diga lo contrario.  Hay tantos factores interviniendo al mismo tiempo en cada encuesta, que casi es imposible poder concluir algo definitivo bajo la óptica de unas cuantas variables.  Imagino que por eso les llaman fotografías (radiografías) del momento político.  Para apreciar la validez de una encuesta, habría que contemplar valores como el objetivo, metodología,  muestreo, momento de realización etc.  Sin embargo, últimamente se ha vuelto una estrategia más de mercado, que de instrucción.  Yo diría que a niveles crónicos patológicos.  Me cuesta mucho creer que un candidato recién aparecido de la manga de “alguien”, como quien saca un conejo del sombrero de algún mago, esté al mismo nivel de candidatos que llevan toda una vida corriendo en la política.  Peor aún, después de un marcado ausentismo en la vida pública panameña.  O que el pueblo favorece en opinión al gobierno, después de tanto y  cómo nos ha tratado (peor transporte, más impuestos, costo y pésima calidad de la vida)  No sólo habría que ser bruto, sino también masoquista, o masivamente bruto, o masivamente masoquista.  

Afecta la cultura del panameño corriente, de apostar a ganador.  La necesidad de percibir el azar,  es algo fundamental en la existencia ciudadana, inclusive más allá del placer, muy determinante en la “insoportable levedad del ser panameño”.  Si no adoleciéramos de aquella tendencia a mezclar la suerte con todo lo demás, las encuestas pudieran entenderse como instrumento útil.  La poderosa alternativa de culpar “a la suerte” de nuestras propias decisiones, hace que el individuo la necesite visceral e inconscientemente en su vida.  Así en lugar de reconocer  “me equivoqué”, sólo se quejaría diciendo  “tuve mala suerte”.  De equivocarse, a tener mala suerte, hay mucha responsabilidad de diferencia.  Resaltando figuras de alienación entre tanto y tanto, maniobras de compensación, negación etc.  Incluyendo también el asunto de “la esperanza” y demás abstractos que rodean al éxito en los juegos de azar.  Aunque analizándolo en frío, ver nuestro futuro político en términos de suerte, es aterrador y escalofriante.  Quizás aún más allá de la propia inconsciencia colectiva en que estamos sumidos, apiñándonos como masa, a la cómoda espera de un líder que se sacrifique por nosotros, una medicina que no amargue, un remedio santo, algo más de la... suerte.


¿Le damos o no importancia a las encuestas?  Yo diría, independientemente a la intencionalidad de las mismas,  que como “afiche político”, propaganda o demás, tienen mucho valor.  Pero como objeto realmente predictivo, o siquiera aproximativo, no tanto así.  Prefiero antes creer en la teoría del caos y los sistemas dinámicos, que en el sortilegio de algunas encuestas.  “El panameño apuesta a ganador”, escucho a muchos decir por allí, como si nuestra política fuera una carrera de caballos, pelea de gallos, el producto de un tinglado, o peor aún, la balota que se extrae del ánfora.  Tampoco voy a profundizar las tripas de la eficiencia o ineficiencia, de encuestar o no encuestar.  Pero pongamos de manifiesto  la obsesión ridículamente compulsiva, de pavonearlas cuando favorecen, y satanizarlas cuando no. Actitudes por lo extremistas patéticas, que todos sabemos son acción y reacción mediática.  Mi partido político es una marca, el candidato su último modelo, y ambos deben encabezar el rating a como dé lugar.  Otra cosa, muy distinta,  es la realidad de todos los panameños.


Un discurso a dos voces




El presidente de la república planteó que el costo de la canasta básica, bajará a medida que desarrollemos fuentes de energía alternativas, como la eólica o la solar.  ¿Pero mientras tanto qué comemos… puentes, carreteras, cinta costera, mega inversiones?  El presidente acaba de ver la luz, o simplemente no lo sabía hace cuatro años cuando se le cuestionaba sobre el costo de la canasta básica y respondía con “la cadena de frío”.  Hace poco nos dijeron que la cadena de frío no abarataría el costo de los alimentos.  He de suponer que muchos panameños se sentirán defraudados, porque esperábamos algo más que un gobierno que confiesa a cada rato “sentirse frustrado” (al no cuajar la justicia que todos esperamos)  y vive culpando a otros de su insuficiencia (la oposición, los medios, los gremios etc.)  Y ahora salen con que necesitamos otra fuente de energía para abaratar los alimentos.  ¿Es aceptable este tipo de respuestas para quienes se jactan de haber hecho en cuatro años, más que el resto en cuarenta? ¿O estamos frente a un discurso a dos voces?



Cuatro años después, el presidente reconoce que el precio de la canasta básica bajará a medida que innovemos en otros tipos de energía.  ¿Qué debemos esperar mañana, un mea culpa confesando que las obras de infraestructura vehicular (con las que mega endeudaron al país) no resolverán el problema del tránsito? ¿Que los proyectos de asistencia social no son sostenibles, a no ser que nos suban la carga impositiva? ¿Que el país se quedó sin fondos? ¿Que la producción nacional se fue a bancarrota y tenemos que importar todo? ¿Que el canal se secó? Sin embargo en vísperas pre electorales, no me queda más que agradecerle al presidente sus declaraciones. Porque dice la Biblia en Mateos 13:9  “quien tiene oídos para oír, oiga”.  Y un poco más abajo en Mateos 13:13 “Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”. Dicho en buen panameño: Hay que tener mucho cuidado con la realidad tras las promesas electorales.

En cuatro años, el gobierno que dice haber hecho más que el resto en cuarenta,  no ha logrado bajar (ni siquiera frenar)  el costo de la canasta básica, alimentos en general, artículos de primera necesidad, combustible.  Tampoco ha podido disminuir la corrupción,  el problema del agua, ni el problema del aseo, ni de salud pública,  transporte, tránsito.  Sino que muy por el contrario,  todo parece ir en aumento, incluyendo la deuda nacional, la carga impositiva, los conflictos, el estrés colectivo, incomodidad, tranques, sueño, desgaste social etc.   Aún así,  puede que el presidente tenga razón, tal vez el panameño necesite de otra fuente de energía para abaratar el costo y mejorar su nivel de vida.  Aunque no tanto la eólica, ni la solar, sino netamente buena energía humana.  Porque la que hemos aprovechado hasta el momento, la política, es muy cara, incapaz y demasiado tóxica.

miércoles, 3 de julio de 2013

La salud puede esperar, la muerte no.


La salud es algo con lo que no se puede jugar, pero tal parece que eso no lo saben muchos panameños, ni la sociedad, ni peor aún nuestro gobierno.  Se escuchan voces de traer extranjeros para desempeñarse en la salud pública, como lo han hecho en algunos supermercados, pizzerías, y restaurantes.  Traer más extranjeros con aquel cuento de que los panameños no estamos preparados, ni somos suficientes o somos vagos.  Pero repito, hablamos de salud!!!!  Hasta donde supe, Panamá tenía uno de los más prestigiosos centros de estudio médicos en América latina. Por eso me surge la duda: ¿Quién va a regular la entrada de estos profesionales a Panamá?  En medio de una crisis de salud, tras otra crisis de salud, mencionando el asunto de la KPC y ahora lo de los neonatos ¿Nuestras autoridades sanitarias podrán autorizar o vigilar el desempeño de estos extranjeros en Panamá?  La lógica me dice que no, porque todavía los centros públicos de salud parecen campos de concentración. Los asegurados siguen quejándose de la falta de medicamentos, los médicos de insumos, las enfermeras de que no se les paga bien.  Peor aún, con cada situación de salud “inespecífica”, nuestros gobiernos siempre terminan recurriendo a los organismos internacionales de salud, porque localmente no pueden resolver. ¿Bajo tanto desparpajo e insuficiencia administrativa, podremos confiar en la contratación y supervisión de mano de obra extranjera?   


Por otro lado, también es cierto que muchos panameños tienen esa extraña “actitud” de desapego para con su propia salud.  Como si fuéramos a vivir sanos y jóvenes el resto de la eternidad.  Como si la salud pudiera esperar.  Y al igual que con el resto de las cosas que dejamos a última hora, postergamos nuestra salud hasta las últimas consecuencias.  Creyendo que vale más el último televisor o celular del mercado, que estar sanos. Claro que en eso  también tendríamos que considerar nuestro desgreño económico. Dado que muchos de nosotros vivimos montados en deudas banales, confundiendo necesidades con lujos, bienestar con placer etc.  La salud, dentro de aquella lista de ítems, no goza de mucha prioridad.  Por eso cuando ocurren “los accidentes” o llega la vejez, sale demasiado caro el arreglo o sencillamente nos convertimos en material de descarte.  Momento para el que sería excelente contar con el mejor respaldo médico posible.  Pero no es así.  La contratación extranjera de médicos, ni la ciudad hospitalaria van a cambiar el gran problema de pensamiento y actitud que mantienen nuestras autoridades.  Ni mucho menos la “inteligencia social” al respecto.  ¿Qué tendríamos que hacer para tomar en serio la salud pública? ¿Ponerla de moda, como al fútbol y los partidos políticos?


Sin embargo, existe una macabra complicidad que lucra de tanto “acomodo social e ineficiencia del gobierno” al no exigir respeto en cuanto al tema.  Seguimos formando enormes filas para que nos digan simplemente  “no hay”,  y en lugar de ayudarnos, nos maltrate un “profesional” al otro lado del escritorio, la camilla o la ventanilla.  Y es tan sencillo como que, mientras peor sea el sector de salud público, más lucrativo se vuelve el privado.  Porque al final de cuentas la salud podría postergarse, pero la muerte no.  Tal parece que existe un negocio público-privado  manteniéndonos enfermos.  Como el resto de los problemas sociales, dada la inconsciencia colectiva ciudadana, se lucra eternamente de la enfermedad, no así de la cura.  Como los gobiernos lucran directa o indirectamente de los problemas, no así de las soluciones.  En consecuencia, mantener un panorama de salud mediocre para toda nuestra población, ha hecho a mucha gente rica en este país, pero a muchísimos más eternamente enfermos. El carácter empresarial que se le ha querido dar recientemente a algunas instancias de la salud pública, es algo tan vacuo como costoso, complejo e improductivo.  Desde sus autoridades, que muestran muy baja sensibilidad social, hasta el resto ciudadano que no sabe (ni parece interesarle) lo que significa la buena salud.