MASLEIDOS

viernes, 16 de agosto de 2013

¿A quién culpamos?




Lugar, estación de expendio de gasolina área de comida rápida. Hora, ocho de la mañana.  Protagonistas, la dependiente, un oficial de policía de sexo femenino y yo.  Preparo un perro caliente (hot dog) busco un jugo, una galleta y me dispongo a pagar.  De pronto me detengo a escuchar la música de ambiente, mientras la cajera marca los productos.  Canción del género regae o derivados, ritmo bastante  común y primitivo (golpe de tambor repetitivo)  cantante de poco ánimo y entonación de maleante.  Letra: “A fulana le gusta el juego, a mengana le gusta el juego, a sutana le gusta el juego…”  La forma tan pesada en que vocalizaba las palabras daba la impresión de estar rezando una letanía obscena: “A fulana le gusta el huevo, a mengana le gusta el huevo, a sutana le gusta el huevo…”  Recuerdo entonces que en mi época se hizo “divertido”, también dentro del género regae, cambiar unas palabras por otras vulgares.  Llegando incluso en un éxito de discoteca (también del género regae) que promovía el  sexo oral fálico.  Luego, la música típica también copió el estilo.  Ahora, más de veinte años después, a nuestra juventud todavía le sigue pareciendo “graciosa” la vulgaridad.

Le pregunto a la cajera si está escuchando la canción, y me confiesa sonreída que “ella no escucha esa música”.  Hablo fuerte y digo: “Bueno, si nuestra juventud sigue oyendo esa clase de cosas, por qué quejarnos de que el país ande como ande”.  La policía no dijo nada, jamás se dio por enterada y continuó leyendo su periódico.  Entonces pienso, ya la vulgaridad no sorprende a nadie.  A los muchachos (igual que en mi época) les causará gracia, porque tal vez estén en el proceso de descubrir “lo bueno, lo malo y lo feo”.  Pero la indiferencia de los adultos, aun habiendo un llamado de atención en el área…me heló la sangre.  No estoy por la labor de criticar a los muchachos, sino a los adultos.  A diferencia de mis tiempos, en los que se estigmatizaba ese tipo de  música como “de maleantes” y tampoco era común escucharla en lugares públicos, hoy la oigo a horas tempranas de la mañana, en un lugar público y peor aún, bajo el nulo asombro de varios de los presentes.  Si los medios, ni los dj’s, ni la televisión, ni el cable tiene la culpa de la difusión de ese tipo de formas musicales, entonces quién.  ¿Los maestros en las escuelas? ¿Los padres en la casa?     Perfecto, bien, pero en la calle quién regula el entorno. ¿Acaso hay alguna autoridad que pueda hacerlo, o el nuevo código de la familia también castra a la censura?

Entonces pregunto, si nadie hace nada por frenar el alcance de estas cuestiones, o mucho peor aún, ya ni nos asombra, entonces por qué hacer morbo y lucrar cuando aparecen videos de estudiantes haciendo (o simulando)  cochinadas en la televisión.  La falta de disciplina es a su vez una forma de indiferencia, y los muchachos, muchos de ellos inclusive con sus malas actitudes buscan llamar la atención de alguna forma, tratando de abrirse un espacio en el mundo adulto.  Pero si reaccionamos indiferentes, indolentes, o peor aún, apadrinamos las conductas aberrantes con el mejor ánimo de “autocensura”, para encubrir finalmente el lucro desmesurado, entonces felicitémoslos por habernos imitado tan bien.  Con el libertinaje criamos hijos ajenos a nosotros mismos, y adultos desalmados.  Si esto sigue así, pronto vamos a vivir en una sociedad en la que toda vida humana valdrá menos que el propio intento de procreación.  Un mundo en el que la hipocresía sólo nos da “autoestima suficiente” para generar ventas a través del morbo de nuestra sociedad decadente.  Siempre es divertido buscar a un culpable, pero jamás podremos actuar en sociedad si no empezamos a reconocer la falla en cada uno de nosotros.  El país requiere una cura social, sin embargo sólo criamos más  enfermedad.

La realidad, algo muy distinto




¿Alguna vez ha tratado de ver una película cuadro a cuadro, con mucho tiempo entre cuadro y cuadro?  Pienso que eso ocurre con las encuestas, entre encuesta y encuesta (cuadro y cuadro) se pierde mucha información concluyente o predictiva, por más que se diga lo contrario.  Hay tantos factores interviniendo al mismo tiempo en cada encuesta, que casi es imposible poder concluir algo definitivo bajo la óptica de unas cuantas variables.  Imagino que por eso les llaman fotografías (radiografías) del momento político.  Para apreciar la validez de una encuesta, habría que contemplar valores como el objetivo, metodología,  muestreo, momento de realización etc.  Sin embargo, últimamente se ha vuelto una estrategia más de mercado, que de instrucción.  Yo diría que a niveles crónicos patológicos.  Me cuesta mucho creer que un candidato recién aparecido de la manga de “alguien”, como quien saca un conejo del sombrero de algún mago, esté al mismo nivel de candidatos que llevan toda una vida corriendo en la política.  Peor aún, después de un marcado ausentismo en la vida pública panameña.  O que el pueblo favorece en opinión al gobierno, después de tanto y  cómo nos ha tratado (peor transporte, más impuestos, costo y pésima calidad de la vida)  No sólo habría que ser bruto, sino también masoquista, o masivamente bruto, o masivamente masoquista.  

Afecta la cultura del panameño corriente, de apostar a ganador.  La necesidad de percibir el azar,  es algo fundamental en la existencia ciudadana, inclusive más allá del placer, muy determinante en la “insoportable levedad del ser panameño”.  Si no adoleciéramos de aquella tendencia a mezclar la suerte con todo lo demás, las encuestas pudieran entenderse como instrumento útil.  La poderosa alternativa de culpar “a la suerte” de nuestras propias decisiones, hace que el individuo la necesite visceral e inconscientemente en su vida.  Así en lugar de reconocer  “me equivoqué”, sólo se quejaría diciendo  “tuve mala suerte”.  De equivocarse, a tener mala suerte, hay mucha responsabilidad de diferencia.  Resaltando figuras de alienación entre tanto y tanto, maniobras de compensación, negación etc.  Incluyendo también el asunto de “la esperanza” y demás abstractos que rodean al éxito en los juegos de azar.  Aunque analizándolo en frío, ver nuestro futuro político en términos de suerte, es aterrador y escalofriante.  Quizás aún más allá de la propia inconsciencia colectiva en que estamos sumidos, apiñándonos como masa, a la cómoda espera de un líder que se sacrifique por nosotros, una medicina que no amargue, un remedio santo, algo más de la... suerte.


¿Le damos o no importancia a las encuestas?  Yo diría, independientemente a la intencionalidad de las mismas,  que como “afiche político”, propaganda o demás, tienen mucho valor.  Pero como objeto realmente predictivo, o siquiera aproximativo, no tanto así.  Prefiero antes creer en la teoría del caos y los sistemas dinámicos, que en el sortilegio de algunas encuestas.  “El panameño apuesta a ganador”, escucho a muchos decir por allí, como si nuestra política fuera una carrera de caballos, pelea de gallos, el producto de un tinglado, o peor aún, la balota que se extrae del ánfora.  Tampoco voy a profundizar las tripas de la eficiencia o ineficiencia, de encuestar o no encuestar.  Pero pongamos de manifiesto  la obsesión ridículamente compulsiva, de pavonearlas cuando favorecen, y satanizarlas cuando no. Actitudes por lo extremistas patéticas, que todos sabemos son acción y reacción mediática.  Mi partido político es una marca, el candidato su último modelo, y ambos deben encabezar el rating a como dé lugar.  Otra cosa, muy distinta,  es la realidad de todos los panameños.


Un discurso a dos voces




El presidente de la república planteó que el costo de la canasta básica, bajará a medida que desarrollemos fuentes de energía alternativas, como la eólica o la solar.  ¿Pero mientras tanto qué comemos… puentes, carreteras, cinta costera, mega inversiones?  El presidente acaba de ver la luz, o simplemente no lo sabía hace cuatro años cuando se le cuestionaba sobre el costo de la canasta básica y respondía con “la cadena de frío”.  Hace poco nos dijeron que la cadena de frío no abarataría el costo de los alimentos.  He de suponer que muchos panameños se sentirán defraudados, porque esperábamos algo más que un gobierno que confiesa a cada rato “sentirse frustrado” (al no cuajar la justicia que todos esperamos)  y vive culpando a otros de su insuficiencia (la oposición, los medios, los gremios etc.)  Y ahora salen con que necesitamos otra fuente de energía para abaratar los alimentos.  ¿Es aceptable este tipo de respuestas para quienes se jactan de haber hecho en cuatro años, más que el resto en cuarenta? ¿O estamos frente a un discurso a dos voces?



Cuatro años después, el presidente reconoce que el precio de la canasta básica bajará a medida que innovemos en otros tipos de energía.  ¿Qué debemos esperar mañana, un mea culpa confesando que las obras de infraestructura vehicular (con las que mega endeudaron al país) no resolverán el problema del tránsito? ¿Que los proyectos de asistencia social no son sostenibles, a no ser que nos suban la carga impositiva? ¿Que el país se quedó sin fondos? ¿Que la producción nacional se fue a bancarrota y tenemos que importar todo? ¿Que el canal se secó? Sin embargo en vísperas pre electorales, no me queda más que agradecerle al presidente sus declaraciones. Porque dice la Biblia en Mateos 13:9  “quien tiene oídos para oír, oiga”.  Y un poco más abajo en Mateos 13:13 “Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”. Dicho en buen panameño: Hay que tener mucho cuidado con la realidad tras las promesas electorales.

En cuatro años, el gobierno que dice haber hecho más que el resto en cuarenta,  no ha logrado bajar (ni siquiera frenar)  el costo de la canasta básica, alimentos en general, artículos de primera necesidad, combustible.  Tampoco ha podido disminuir la corrupción,  el problema del agua, ni el problema del aseo, ni de salud pública,  transporte, tránsito.  Sino que muy por el contrario,  todo parece ir en aumento, incluyendo la deuda nacional, la carga impositiva, los conflictos, el estrés colectivo, incomodidad, tranques, sueño, desgaste social etc.   Aún así,  puede que el presidente tenga razón, tal vez el panameño necesite de otra fuente de energía para abaratar el costo y mejorar su nivel de vida.  Aunque no tanto la eólica, ni la solar, sino netamente buena energía humana.  Porque la que hemos aprovechado hasta el momento, la política, es muy cara, incapaz y demasiado tóxica.

miércoles, 3 de julio de 2013

La salud puede esperar, la muerte no.


La salud es algo con lo que no se puede jugar, pero tal parece que eso no lo saben muchos panameños, ni la sociedad, ni peor aún nuestro gobierno.  Se escuchan voces de traer extranjeros para desempeñarse en la salud pública, como lo han hecho en algunos supermercados, pizzerías, y restaurantes.  Traer más extranjeros con aquel cuento de que los panameños no estamos preparados, ni somos suficientes o somos vagos.  Pero repito, hablamos de salud!!!!  Hasta donde supe, Panamá tenía uno de los más prestigiosos centros de estudio médicos en América latina. Por eso me surge la duda: ¿Quién va a regular la entrada de estos profesionales a Panamá?  En medio de una crisis de salud, tras otra crisis de salud, mencionando el asunto de la KPC y ahora lo de los neonatos ¿Nuestras autoridades sanitarias podrán autorizar o vigilar el desempeño de estos extranjeros en Panamá?  La lógica me dice que no, porque todavía los centros públicos de salud parecen campos de concentración. Los asegurados siguen quejándose de la falta de medicamentos, los médicos de insumos, las enfermeras de que no se les paga bien.  Peor aún, con cada situación de salud “inespecífica”, nuestros gobiernos siempre terminan recurriendo a los organismos internacionales de salud, porque localmente no pueden resolver. ¿Bajo tanto desparpajo e insuficiencia administrativa, podremos confiar en la contratación y supervisión de mano de obra extranjera?   


Por otro lado, también es cierto que muchos panameños tienen esa extraña “actitud” de desapego para con su propia salud.  Como si fuéramos a vivir sanos y jóvenes el resto de la eternidad.  Como si la salud pudiera esperar.  Y al igual que con el resto de las cosas que dejamos a última hora, postergamos nuestra salud hasta las últimas consecuencias.  Creyendo que vale más el último televisor o celular del mercado, que estar sanos. Claro que en eso  también tendríamos que considerar nuestro desgreño económico. Dado que muchos de nosotros vivimos montados en deudas banales, confundiendo necesidades con lujos, bienestar con placer etc.  La salud, dentro de aquella lista de ítems, no goza de mucha prioridad.  Por eso cuando ocurren “los accidentes” o llega la vejez, sale demasiado caro el arreglo o sencillamente nos convertimos en material de descarte.  Momento para el que sería excelente contar con el mejor respaldo médico posible.  Pero no es así.  La contratación extranjera de médicos, ni la ciudad hospitalaria van a cambiar el gran problema de pensamiento y actitud que mantienen nuestras autoridades.  Ni mucho menos la “inteligencia social” al respecto.  ¿Qué tendríamos que hacer para tomar en serio la salud pública? ¿Ponerla de moda, como al fútbol y los partidos políticos?


Sin embargo, existe una macabra complicidad que lucra de tanto “acomodo social e ineficiencia del gobierno” al no exigir respeto en cuanto al tema.  Seguimos formando enormes filas para que nos digan simplemente  “no hay”,  y en lugar de ayudarnos, nos maltrate un “profesional” al otro lado del escritorio, la camilla o la ventanilla.  Y es tan sencillo como que, mientras peor sea el sector de salud público, más lucrativo se vuelve el privado.  Porque al final de cuentas la salud podría postergarse, pero la muerte no.  Tal parece que existe un negocio público-privado  manteniéndonos enfermos.  Como el resto de los problemas sociales, dada la inconsciencia colectiva ciudadana, se lucra eternamente de la enfermedad, no así de la cura.  Como los gobiernos lucran directa o indirectamente de los problemas, no así de las soluciones.  En consecuencia, mantener un panorama de salud mediocre para toda nuestra población, ha hecho a mucha gente rica en este país, pero a muchísimos más eternamente enfermos. El carácter empresarial que se le ha querido dar recientemente a algunas instancias de la salud pública, es algo tan vacuo como costoso, complejo e improductivo.  Desde sus autoridades, que muestran muy baja sensibilidad social, hasta el resto ciudadano que no sabe (ni parece interesarle) lo que significa la buena salud.

miércoles, 19 de junio de 2013

Un buen equipo y un mejor gobierno



Hoy amanece el país en esa extraña calma, como después de la tormenta.  Pero lo que más me llama la atención es que muy pocas personas quieren “hablar del tema”.  La fiebre se ha ido, la emoción naufragó, la marea o la extrema o como quieran llamarle “roja” se desangró, ¿O acaso sería mejor decirle, se desinfló? Es la típica actitud de cuando hay un problema, mirar hacia otro lado. ¿Entonces por qué asombrarnos de que nuestro equipo cambiara totalmente después del primer gol, si el mismo país se rinde tan fácilmente?  E incluso, el técnico sólo se limita a comentar que “hay que pasar la página”.  ¿Y con esa actitud llegaremos a un mundial? Una actitud tan emocional, tan sentida, de la directiva técnica, de los fanáticos, de los mismos jugadores (que frustrados recurrieron a cuadros violentos de muy bajo perfil)  Desde chico me enseñaron que si uno no afronta un problema, el problema regresa agrandado.  El panameño vive encerrado en lecciones que no quiere aprender.  Por eso, veinte años después de una dictadura, también de veinte años, nos inclinamos peligrosamente a tolerar otra forma de autoritarismo.  Porque nos apresuramos a borrar los malos recuerdos, antes de que el aprendizaje cuaje.  Si socialmente corremos a olvidar todo lo malo, repetiremos los mismos errores una y otra vez.  Después del primer gol apagué la televisión, y cuando los vecinos lloraron el segundo, supe que había hecho lo correcto. “Jugamos como nunca, y perdemos como siempre…” es la frase de un perdedor, dicen.  Al perdedor no lo hacen las frases, sino sus propias acciones.  Porque cada acción debe ser determinada por la autocrítica, la corrección y el enmiendo.  Pero si satanizamos la crítica y a todo el que critica, pues, regocijémonos en nuestra propia ignorancia y mediocridad, de llorar como niños lo que jamás defendimos como hombres (ni entendimos como adultos)  La selección no es consistente.  La consistencia se presta para ganar, mantenerse, y llegar más lejos.  La inconsistencia es propia del que vive a tumbos.  Cuando el ganador cae se levanta para avanzar.  El perdedor se levanta para huir. 

Ayer, caímos frente a nuestro eterno rival, vecino y hermano: Costa Rica.  Todavía no metemos goles, todavía nos quejamos del director, todavía seguimos perdiendo.  Aunque en el fondo todo panameño sabe que Panamá no haría gran cosa en el mundial, porque jugamos como el estudiante que estudia para sacar tres.   Jugamos para llegar a un mundial, no para competir en él.  El sentido común, muy lejos de tecnicismos, excusas y publicidad, nos impide creer totalmente el cuento.  Un equipo no se arma con un par de excelentes jugadores, ni  dos empresas lucrando del deporte, “la ingenuidad” y el alcoholismo panameño.  Cuando aprendamos a unirnos porque no recogen la basura, porque no llega el agua, porque no hay medicinas en el seguro, porque el transporte es una basura, por el costo de la canasta básica, porque el gobierno nos endeuda desmesuradamente, por los escándalos de mal manejo  del recaudo de nuestros impuestos, para tener un poquito más de dignidad social… Sólo cuando aprendamos a decir que NO, recordando a Demetrio Herrera Sevillano (1902-1950) 

Paisano mío,
panameño;
tú siempre respondes: «sí».
Pero no para luchar.
Que no para protestar
cuando te ultrajan a ti.

Sólo después, sacaremos un buen equipo y un buen gobierno.  Nos dejamos llevar por los medios de comunicación.  Panamá ha mejorado futbolísticamente hablando, eso es innegable.  Pero  no por eso hemos ganado el derecho a ir a un mundial.  El automatismo, la inmediatez y el carácter hedonista de nuestra sociedad, nos masifican, pero jamás solidarizan.  Hemos perdido el concepto de lucha social, por el de masa.  Un país tan consumista, que prefiere importar más que producir (peor en este gobierno) no logra el coraje y la disciplina de insistir en la producción de nuestras propias opciones.  Con esa actitud jamás tendremos un buen equipo, ni mucho menos un  buen gobierno. 

jueves, 13 de junio de 2013

El patio limoso que llevan dentro



A veces escucho a personas decir con algún tipo de orgullo: “Yo salí del barrio”… entonces les pregunto: “¿Y habrá salido el barrio de ti?”.  En cierta ocasión alguien me aclaró que “chombo” no es un color, sino una actitud.  Entiéndase, hay blancos con actitud de chombos.  También me explicaron que uno puede ser total y perfectamente pobre, sin ser chusma.  Porque la chusma existe aún en las clases adineradas. Como panameños y como individuos nos hemos acostumbrado a percibir el lado emotivo de las cosas, no el racional.  Vivimos de estereotipos, prejuzgamientos e intolerancia.  ¿Falta de educación?...no, cada día vemos más y mejores profesionales que como personas dejan mucho que desear.  ¿Mala crianza?...no siempre.  ¿Cultura?...quizás un poco.  En resumen, hablo del conjunto de factores (casa, escuela y sociedad)  que yo denomino “Formación personal”. Nuestra sociedad, tan hedonista e inmediatista,  deforma en lugar de formar. Lo malo se convierte en bueno porque todo el mundo lo hace, y las mentiras en verdades porque todo el mundo las repite.
El patio limoso no sale de la cabeza de muchos panameños, incluyendo notables políticos y autoridades.  Dicho sea de paso, varios de los cuales jamás han compartido experiencias in situ.  ¿Fenómeno socio-cultural?...  Sería muy triste tener que aceptar, que los panameños sólo mantenemos en común actitudes vivenciales de tan bajo perfil (juega vivo y poco importa)  Sin embargo, el aberrante mutismo de la gente decente de Panamá, ha empezado a tomar proporciones epidémicas.  Estos últimos años la política criolla ha dado un giro avieso, por no decir escatológico (cito lo del Lomotil) y violento (citando aquella grabación de los huesos rotos) 
En el patio limoso no cesan las trifulcas, en las cuales casi siempre gana el más vulgar o el que más grita, no así quien tenga la razón.  Lo de “limoso” es evidente, digo, una ciudad que no sabemos si están re-construyendo o destruyendo.  La acumulación de las aguas negras, la recolección de la basura, la actitud higiénica del ciudadano.  En el patio limoso todos los vecinos conviven en un espacio tan pequeño, compartiendo casi la misma realidad socio-económica.  El nivel formativo individual (que antes mencionaba) es muy similar entre los huéspedes, que tampoco desean mejorar sus circunstancias.  No pocas veces  bajo una perspectiva de vida parasitaria, “subsidiados” por decirlo de una forma más política (beca, tanque de gas, electricidad, pasaje)  En el patio limoso no hay autoridad, o mejor dicho, la autoridad se manifiesta inútilmente y casi siempre después de trágicos acontecimientos.  Existe mucho terror cotidiano (sostenidas amenazas)  y un par de “elementos controlando el área”...  La autoridad termina mimetizándose en mediocre comensalismo con el barrio (corrupción nacional) y triunfa la bribonada  en cualquiera de sus formas.  En el patio limoso los vecinos también se espían los unos a los otros, ya fuera para generar habladurías, o sacarse los trapos entre ellos, jamás en beneficio de alguien.
En el patio limoso los inquilinos se quejan de que no tienen forma de suplir sus necesidades básicas existenciales, sin embargo poseen modernos equipos de entretenimiento.  Podrán compartir el mismo baño,  pero no tanto como el plasma o el celular inteligente.  No tendrán comida, pero sí “bebida”.  Y ese mismo carácter vacuo de suplir lo superfluo más allá de lo realmente necesario, lo vivimos a macro escala en este “progreso” que sólo construye, pero no baja el precio de la comida, el combustible, nos ha encarecido la vida y ni siquiera recoge bien la basura de nuestro patio limoso. En el patio limoso también vive mucha gente honesta, inteligente, capaz y honrada, que se esconde y calla mientras se alborotan los escándalos, la campaña sucia, las trifulcas, los insultos, la balacera.  En consecuencia, sería conveniente reflexionar un poco más cada vez que veamos un reportaje del gueto, barrio, o patio limoso.  Pensando si de verdad estamos excluidos de semejante realidad, o acaso vivimos tan inmersos en ella que no la vemos, o no queremos reconocer en nosotros mismos.

Dosificando el veneno social del cambio



Así como trajeron a MiBus (del Metro Bus) una compañía extranjera para que maneje todo el transporte del país, quitándoles el negocio a comerciantes nacionales, sin importar el sufrimiento y todo el malestar que nos han traído.  Lo mismo hacen con el resto del país, arrancándolo de las manos de todos. Pero de forma tan elaborada, que el panameño “de a pie” no lo percibe.  El asunto está en manipular las proporciones, hasta que un día amanezcamos descubriendo por fin que vivimos en un país inmanejable, por lo económicamente  desproporcionado.  Y el cuento es tan bueno, que muchos extranjeros han empezado a migrar para vivir “el sueño panameño”.  Sería interesante conocer cuántos inmigrantes llegan, por cada turista que nos visita.  Así podríamos saber, si nuestra proyección internacional funciona correctamente.
No podemos pagar con efectivo el autobús.  Únicamente utilizando aquella tarjeta  cuyo funcionamiento, dicho sea de paso,  ha ocasionado iguales o mayores problemas a los del servicio en sí.  Muy pronto en los corredores sólo se viajará mediante tarjeta.  Si bien tenemos una moneda habilitada para circular en todo el país, ¿Por qué en los corredores y el Metro Bus no se puede pagar con ella?  Es como si nuestra moneda nacional, sólo sirviera en ciertos lugares, caso tal no deberíamos llamarle “nacional”. ¿O será que debemos cambiar algunas leyes, para que Panamá se adapte al nuevo esquema del cambio?  Porque la filosofía de este gobierno no es adaptarse al estado, sino que el estado se adapte al gobierno.
Pesamos el pan al pagarlo.  Supuestamente, a un pan menos pesado, un costo menos elevado. A mi parecer, el pan sigue pesando lo mismo pero más caro.  ¿Dónde podría estar la ganancia del consumidor? Tal vez al comprar más pan, el precio total sea levemente menor a cuando lo compramos por unidad. Pero el panameño no compra en cantidad, sino lo que le permita la quincena.  Algo bastante similar ha ocurrido pasándonos de libras a kilos.  La libra era una cantidad más pequeña y manejable.  Cosa que no ocurre con el kilo, 2.204 libras.  Ahora el panameño tiene que acostumbrarse a trabajar con grandes cantidades, o aprender a pedir en fracciones de kilos.  De cualquier forma terminamos pagando más.
Con el cambio de galones a litros, vamos de una cantidad mayor a otra menor.  En un galón hay 3.785 litros.  Cada vez que compramos gasolina, parece que le echáramos más cantidad de unidades.  Es correcto, echamos más unidades, pero unidades más pequeñas. ¿En qué nos afecta esto? Que ahora los aumentos se darán en función de cantidades “menores”, creándonos la falsa sensación de que el aumento es poco.   Si uno tiene mucho dinero, le resulta más barato manejar grandes cantidades de cada cosa que compra.  Pero si no, las cantidades pequeñas son mucho más adaptables a nuestra economía. Luego, considerando la pésima distribución de riquezas panameñas, y que la mayor parte de nuestra población se maneja con pequeñas cantidades de efectivo, concluyo que trabajar en grandes cantidades a mediano o largo plazo termina mal afectándonos. 
Como quien induce mucho veneno en pequeñas dosis, adicionando todos los demás incrementos de precios en nuestra economía (electricidad, combustible, impuestos) para evitar reacciones nos deslumbran con todo este falso progreso, jamás equitativo, que nunca será nuestro.  Como el galgo correteando la liebre de cartón, o el insecto sintiendo el creciente calor de la llama que lo atrae y calcina.  Así nos traen, sufriendo engañados.  Sin embargo, el voto sigue siendo nuestro. ¡Que Dios salve a Panamá!... o lo que dejen de ella.